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La familia que vivía en el sótano

Fue una tarde de primavera cuando el joven Matías salió de clase.
Quizá no fuera el mejor día para quedarse estudiando en casa, pues
hacia mucho sol y era un dia esplendido para ir a la piscina, y de hecho sus amigos eso habian hecho, pero el tenia que estudiar porque
tenia la recuperación de un examen mal hecho.

Así, triste y solo, se fue a su casa, para asi encerrarse en su habitación y estudiar, aislado del sol de un primavera ya casi estival.
Cruzó el jardín verde de su casa, florecido ya; acarició a su perro y llamó a la puerta, pero, extrañamente, nadie contestó.

¨Qué raro¨ pensó Matías, y siguió llamando, pues su madre solía estar
en casa a aquella hora, pero como tenía llaves, no importaba demasiado.

Cogió la llave y la introdujo en la cerradura, la giró levemente a la derecha y un chasquido anunció que la puerta se había abierto; la
empujó y se abrió; un extraño silencio estaba reinando en la casa.

¨Mejor, asi podré estudiar mas tranquilamente¨ pensó Matías, y se
deslizó rápidamente, tras cerrar la puerta y acariciar al perro de nuevo
que estaba extrañamente intranquilo, hacia su habitacion, donde depositó su mochila sobre la cama y se sentó en el escritorio.

Ya se había puesto a estudiar Matemáticas, pues era lo que había
suspendido, cuando una corriente de aire bastante anormal, pues
la habitación estaba cerrada, le hizo pegar un salto; tambien sintió
un escalofrío.

Levantó la vista hacia el tablón de corcho que había enfrente suya
para deleitarse con los recuerdos dulces de su niñez, pues ya tenía
dieciseis años, y quería abrigarse en el calor de tiempos más felices.
En el tablon estaban colgados viejos dibujos de la guardería:
Cerditos y jirafas garabateados, dibujos de papá y mamá...

Papá...

Había desaparecido dos años después de aquel dibujo, cuando Matías tenía solo cinco añitos. ¿A donde habría ido?

Pensando en esto, vio otro dibujo que le inquietó. Miró con extrañeza el dibujo garabateado. En él aparecía lo siguiente:

Aquella casa en la que vivían, pero no estaba dibujada con elementos arquitéctonicos actuales sino de hace unos doscientos
años, maderas al estilo francés y el jardín estaba de color muerto;
color marrón quemado. Ante la casa estaban unos junto a otros
Papá, Mamá, el perro y Matías, de pequeño, dibujados. Escrito, abajo, con una letra infantil, ponía: Mi familia.

Lo realmente inquietante estaba dibujado al lado:

Había un hombre, una mujer, cinco niños y un gato, vestidos con
ropas sucias y harapientas, despellejadas, manchados de sangre;
el gato estaba ahorcado en un arbol muerto. Esta vez, con letras
más adultas que no recordaba haber escrito nunca y que no coin-
cidía con la suya, ponía: La familia que vive en el sótano.

Esta vez el escalofrío fue tan grande que se asustó, pues otra corriente de aire extraña pasó por la habitación. Tuvo miedo, pero
una extraña fuerza subió por su cuerpo y se atrevió a bajar al sótano.

Matías recordó que su madre llevaba años sin bajar al sótano, por algún motivo que Matías desconocía, y a el tampoco le dejaba bajar. Pero decidió bajar, y su decisión era suya, y estaba solo en casa; podía hacer lo que quisiera.

Abrió la puerta del sótano; se oyó un quejido cruel que lo asustó y otra corriente de aire, esta vez fría y más fuerte, ascendió por las
oscuras y mohosas escaleras. Decidido de nuevo, bajó los escalones de piedra y se internó en la oscuridad. Su miedo crecía
por momentos, pues sentía una presencia, aunque se suponía que
allá había una familia. En medio de la oscuridad preguntó, temeroso:

--- ¿Hay alguien ahí?
--- Sí, yo os he llamado, hijo --- dijo una voz.

Reconoció a su padre en la oscuridad, pero algo le extraño.

--- Papá, ¿que haces aquí?¿os?¿A que te refieres? --- preguntó.

Aunque el sótano no disponía de luz eléctrica, una luz se encendió,
y Matías reconoció a su padre, que era igual que él, de pelo castaño y ojos marrones, mirada perdida y sonrisa divertida.

Pero, en este caso era sonrisa divertidamente macabra, y se reía a carcajadas; se apartó un poco del medio del pasillo y la luz venida
de ninguna parte reflejó el cuerpo sin vida de su madre en el suelo,
con una expresión de terror.

Súbitamente, su padre se convirtió en un humo blanco y se deslizó
por las fosas nasales de Matías; esto le causó grandes dolores y heridas sangrantes en la cabeza, sus ojos se pusieron negros y
vio algo dentro de su mente:

Vio la casa tal y como estaba dibujada en aquel garabato infantil, y se vio en medio de la gran matanza del sotano.

El padre de familia había muerto de tuberculosis y la madre quería
suicidarse, matando a sus cinco hijos entre ellos; les amenazó con no darles comida nunca más a los cuatro que fueran derrotados ante su hermano más fuerte. Los niños, para asegurarse, mataron a sus hermanos y cuatro acabaron muertos y el otro malherido.
La madre le disparó la cabeza y a continuación se suicidó.

El tiempo volvió a cambiar y el espacio también; vio como su padre
le daba un beso cuando tenía tres años y se iba al sótano a buscar
leña para el fuego, pues era invierno. Ya le había dado las buenas noches y se deslizó al pasillo cerrando tras de sí la puerta; bajó los escalones, se internó en la oscuridad con una linterna y vio a la mujer que asesinó a sus hijos, y lo mató también, con la escopeta. Toda la familia se rió, su padre era ahora su esclavo y no podía impedirlo.
Entre sollozos, fue transportado a otro tiempo, hasta hacia apenas
unos minutos antes de su excursión al sótano.

Su madre fue asesinada por su padre con la escopeta, y su sangre manchó toda la pared. Volvió a su tiempo, llorando y sangrando; su
padre le apuntó con el cañón de la escopeta, pero no le disparó.

Su madre se levantó de entre los muertos con una expresión macabra y gritó:

--- ¡ Hijo, escapa de esta casa, yo solo puedo vivir aquí !

Y agarró una cerilla, la encendió rápidamente y se prendió fuego.
Las ropas ardieron rápidamente pues estaban extrañamente impregnadas de gasolina, y subió las escaleras corriendo.
Justo a la entrada, habia un extintor.

Los extintores son inflamables y peligrosos cerca del fuego. Su madre se aprovechó de esto. Matías, con la confusión, escapó fuera con el perro y vio como su madre se rociaba mientras ardia
y, acto seguido, hubo una gran explosión y la casa ardió vivamente.

La maldición de la casa murió y Matías se quedó huerfano, aunque los terrenos siguen malditos.







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